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Por Isabel Villalta, periodista

Magdalena Henríquez es salvadoreña, tiene 40 años, es parte de la compañía La Cachada Teatro, es también empleada doméstica y madre soltera de dos hijos y una hija. Desde su nacimiento vivió las carencias que sufre una población que sobrevive en los márgenes de la economía; después supo lo que es crecer en los márgenes de la ciudad, en la comunidad marginal, con todos los prejuicios y con la pobreza y la violencia que la rodean. Y entonces a los 27 años, una experiencia le cambió la existencia: su encuentro con un pequeño mundo solidario.

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Del mercado al teatro: la vida de una mujer salvadoreña
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Por Isabel Villalta, periodista.

 

―¿Piensa usted que hablar sobre recuerdos dolorosos es importante?

― Yo creo que si hubiera más espacios para hablar de lo que se siente, de lo que se piensa, de lo que a una le duele, no tendríamos los niveles de violencia que tenemos.

― ¿Cuál es su opinión sobre la situación de violencia en el país? ¿Es algo que le preocupa, que le complica?
― La violencia para mí es una cadena, que si no hay un valiente, una valiente, que decida romperla, se va llevando generación tras generación. Claro que me preocupa e intento también ocuparme un poco, porque se habla tanto de las comunidades y de que somos como el nacimiento de las pandillas; yo no voy a decir que así es o que no, pero creo que todo tiene su razón de ser: conozco las historias de los niños que van creciendo en las comunidades y no son historias sencillas. Yo digo que una persona antes de ser victimario ha sido víctima, pero el problema es que mientras son víctimas nadie los ve, ni la misma comunidad ni la misma familia, los empezamos a notar cuando ya forman parte de la pandilla, cuando ya resultan un peligro para nosotros, pero cuando necesitan afecto, alimentación, educación, entonces nadie los mira.

― ¿Y qué habría que hacer para cambiar la situación?
― Creo que para solucionar esto no es de la noche a la mañana, ni es matándolos a todos porque los problemas de fondo ahí están y mientras no se solucionen, como dicen por ahí, la violencia va a cambiar de nombre, pero habrá siempre violencia.

 

Con sus palabras, Magdalena parafrasea a Monseñor Romero (asesinado en 1980 por la derecha salvadoreña). La frase exacta es: “Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia mientras no se cambie la raíz de donde están brotando todas esas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente” y es parte de la homilía que desde la catedral de San Salvador dirigió a los feligreses el 25 de septiembre de 1977. 

 

― ¿Cuáles son esos problemas de fondo?

― La falta de educación, la violencia hacia las mujeres, que para mí es la fuente del resto de violencias, porque, nos guste o no, somos las que criamos, a las que nos toca hacernos cargo de los hijos―, el que tan jóvenes seamos madres, que a los 15 años tengamos que resolver cómo le vamos a dar de comer a una criatura que ya hemos traído al mundo, sin tener una idea clara de la responsabilidad que eso implica. Yo tenía 15 años cuando tuve mi primer hijo y sé lo complicado que es, y reconozco todas esas cosas que hice mal, pero he tenido la oportunidad, por medio del teatro, de comprender y de intentar hacer las cosas de nuevo.

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Magdalena Henríquez es salvadoreña, tiene 40 años, es parte de la compañía La Cachada Teatro, es también empleada doméstica y madre soltera de dos hijos y una hija. Desde su nacimiento vivió las carencias que sufre una población que sobrevive en los márgenes de la economía; después supo lo que es crecer en los márgenes de la ciudad, en la comunidad marginal, con todos los prejuicios que pesan sobre ésta y con la pobreza y la violencia que la rodean. A sus 15 años y con un hijo en brazos, empezó su propia carrera por el pan de cada día, pero a los 27 años, una experiencia le cambió la existencia: su encuentro con un pequeño mundo solidario.

Hasta hace unos cinco años, trabajaba haciendo tortillas en las afueras del Mercado Municipal de la Zacamil, en Mejicanos, un municipio aledaño a San Salvador, pero debió dejar esa actividad, porque el programa de reordenamiento llevado a cabo por el municipio suprimió los puestos que funcionaban en la calle para liberar la vía pública. Rebuscándose para sustituir su actividad económica y asegurar los ingresos suficientes para la manutención familiar, encontró un trabajo como empleada doméstica, que combina con el tiempo dedicado al teatro y con el tiempo dedicado al hogar y a la comunidad.

[Rebuscarse: Ingeniárselas para enfrentar y sortear dificultades // Buscar con afán y sacrificio la solución a un problema, según la RAE].

 

― ¿Cómo siente la diferencia entre el primer trabajo y el otro?
― El trabajo por cuenta propia era mucho más pesado y existía el riesgo de invertir y no vender todo, en cambio, ahora, yo sé que voy a trabajar y que [al fin de mes] ya tengo ganado lo que me pagan. Y con lo del teatro, ya nos ayudamos más, también.


Magdalena habita en una de las tantas comunidades marginales ubicadas en los alrededores de la Capital, la misma comunidad en la que por fin encontró habitación fija su familia en 1990, entonces se trataba de un predio que fue siendo ocupado por gente sin casa y sin posibilidades de adquirir una vivienda o de pagar un alquiler. Habían pasado diez años desde que la familia había emigrado a San Salvador empujada por la persecución gubernamental de la que fuera objeto el padre, quien había sido identificado como colaborador de la insurgencia. Magdalena tenía dos años, era 1980.

En la zona rural del departamento de La Libertad se quedó la casa que compartían a modo de familia extensa con tíos y abuelos. Salieron de un campo ya deprimido, donde los campesinos sin tierra se dedicaban a trabajar por el jornal: su padre era mozo de hacienda, pero en la temporada de zafra se iba a cortar caña de azúcar, y con la madre, trabajaban en la temporada de cosecha del café. Pero estaban lejos de resolver las necesidades básicas. “Nos cuenta mi mamá que a veces no tenía nada para darnos de comer y se iba a donde una vecina a pedirle que le regalara sopa de frijoles para darnos con tortilla”, relata Magdalena en un artículo publicado en un periódico digital en 2018.

 

Acto primero: El estallido de la guerra civil

Desde los años 70, los campesinos sin tierra demandaban al Estado una reforma agraria que les beneficiara como pequeños propietarios y les permitiera tener donde sembrar para la subsistencia. En 1979, un golpe de Estado que derrocó al último de los gobiernos militares abrió tal posibilidad, pero pronto quedó anulada por la renuncia de los miembros de la Junta Revolucionaria de Gobierno con ideas democráticas. Al año siguiente, comenzarían una guerra civil y una migración de grandes contingentes de población, de las zonas de conflicto a la ciudad. Entre esa población estaban Magdalena y su familia.

Al llegar a San Salvador, encontraron refugio en casa de familiares del padre, pero la estancia no duró más que un mes. La búsqueda de vivienda fue, por algún tiempo, una preocupación que resolvieron en dos mesones, en los primeros años, y en una casa, en la que a modo de cuidanderos, vivieron hasta 1989, cuando la construcción de una fábrica obligó su desalojo. No tenían posibilidades para pagar altas cuotas de alquiler, pues la actividad a la que su madre se dedicaba, la venta de tortillas, no le reportaba ingresos suficientes; tampoco tenían oportunidad de lograr el crédito para una casa, puesto que los planes del Instituto de Vivienda Urbana solo benefician al trabajador con empleo estable y con prestaciones sociales.

 

Fue su abuela paterna quien les motivó para solicitar un espacio donde hacer una vivienda. Se trataba de un proyecto destinado a los damnificados del terremoto del 10 de octubre de 1986, en donde se otorgaba un pequeño terreno, en el que los beneficiarios, con su propios medios edificaban un lugar para vivir.

― Mi abuela le dijo a mi mamá que había una comunidad nueva donde estaban dando espacio para hacer champitas con lo que tuvieran: láminas, cartones o plástico, y fueron y hablaron con la directiva de la comunidad y nos dieron un pedazo para hacer la champa. 

[Champa: casucha que sirve de vivienda, según la RAE].

 

La crisis de la vivienda ya era una preocupación en los años 70, cuando se calculaba que la tercera parte de la población salvadoreña no tenía una casa [1]. En los años 80, con el inicio de la guerra, la situación de la falta de vivienda se agravaría: solo entre 1980 y 1981, se calcula que el número de personas desplazadas que buscaron refugio en las ciudades principales del país y, sobre todo, en San Salvador y sus alrededores, habría estado entre 165 y 200 mil personas [2]. 

Como esa comunidad, surgieron muchas en los años 80 y 90. Emplazamientos sin condiciones sanitarias adecuadas para la vida, donde, sin la mínima planificación urbana, se levantaban champas a modo de viviendas y se iban creando comunidades marginales. Era corriente en esos años, referirse a estas zonas, de manera peyorativa, como “la marginal que está cerca de…”, además se consideraba como poco confiable para los transeúntes o las vecindades de los alrededores pasearse cerca o entrar en dichas comunidades. Frente a éstas, las clases más bajas de las urbes cercanas se sentían privilegiadas.

Salvo excepciones, sus habitantes estaban solos ante los problemas. Una mínima organización, demandada por las instancias de gestión gubernamental, les facilitó la instalación del agua y la electricidad, y con el tiempo, otros servicios ya del sistema privado como el teléfono o la televisión por cable. A la vez, cada cual, según sus posibilidades, fue mejorando sus condiciones de vida, y cuando obtuvieron la legalización de los terrenos que habían ocupado años atrás, también dedicaron tiempo y dinero al mejoramiento de su vivienda, en la mayoría de casos con mano de obra familiar.

 

Acto segundo: Una adultez prematura

Siendo aún adolescente, y habiendo terminado apenas el noveno grado, Magdalena tuvo su primer embarazo. Sin saberlo, pasó a formar parte de las estadísticas que registran que, entre 1990 y 1995, 98,7 de cada 1000 nacimientos ocurridos en El Salvador fueron partos de adolescentes de entre 15 y 19 años [3]; y, sin saberlo tampoco, irá encajando en el perfil de madre adolescente, al caer en los riesgos sociales señalados por los análisis académicos: “deserción escolar y baja escolaridad, desempleos más frecuentes, ingreso económico reducido [...]; mayor riesgo de separación, divorcio y abandono” [4].

A sus 15 años, debió sufrir, además del embarazo, las quejas de su padre y el cuestionamiento de la paternidad por parte del novio, por lo que tuvo que vivir como madre soltera su primer parto. ¿Qué sentía esa chica, que sin haber dejado de ser una niña, se convertía en madre?

Las primeras preocupaciones la empujaron a buscar un empleo, y después de un paso corto por una fábrica que cerró dejando a los empleados sin trabajo y sin indemnización, entró en el mundo de la economía informal, que ya conocía, pues su madre había mantenido el hogar con los ingresos de su pequeño negocio de tortillas. A eso se dedicó Magdalena durante muchos años. Así crio a sus hijos.

 

Se calcula que en El Salvador, dos tercios de la Población Económicamente Activa (PEA) labora en el sector informal y que más del 90 por ciento de esta gente realiza actividades precarias [5], es decir, sin medios ni recursos suficientes. Ya en los años 90, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales reflexionaba sobre el fenómeno: consideraba que la pobreza había comenzado a ser crónica en la región y afirmaba que ésta se normalizaba puesto que ya no era consecuencia de una coyuntura, sino, parte de una estructura. Decía así: “La extensión de la pobreza ha creado una nueva clase social, difusa y heterogénea, [la] de los ´informales´”[6]. De esa clase social había sido parte la familia de Magdalena y ahora que ella fundaba la suya propia, también empezaba a dar pasos en el mismo terreno conocido, como dentro de un círculo vicioso del que es difícil salir.

La gente que se ve obligada a lanzarse a las calles para vender de manera informal sus productos está sometida a una presión diaria de ganar lo necesario para satisfacer las necesidades propias y las de sus hijos e hijas, por ello trabajan muchas más horas que las reglamentarias en el régimen laboral formal (8 horas), tampoco tienen acceso a servicios de salud ni seguridad laboral y mucho menos a vacaciones. Es decir, los trabajadores informales están obligados a trabajar toda la vida y a seguir, hasta que tengan la fuerza para hacerlo, compitiendo en un mercado saturado de vendedores de productos y servicios en el que la solidaridad es una posibilidad poco probable.

 

En palabras de Magdalena:

― El ámbito del mercado viene a ser como una selva, donde el más grande se quiere comer al más pequeño. Si yo no me pongo brava, a mí me van a comer, y eso es algo que yo no me puedo permitir, porque yo tengo la necesidad de seguir vendiendo, porque tengo que llevarles de comer a mis hijos. A veces nos hacen cosas bien duras, [pero] en ese momento, por más ganas que tenga una no se puede sentar a llorar. Toca callarse, hacerse cuero duro y seguir. 

[Brava: enojada, enfadada, violenta, según la RAE. Hacerse del cuero: soportar sin mostrar debilidad ante los demás].

 

Acto tercero: La búsqueda de salidas

En medio de su lucha por la sobrevivencia, Magdalena intentó rehacer su vida de pareja. Tuvo otro hijo y cuando estaba embarazada por tercera vez, la violencia que sufría por parte de su compañero pasó los límites de aguante de Magdalena. En un intento de buscar una salida, regresó a la iglesia que frecuentaba cuando niña y de la que se alejó en la adolescencia.


― Lo que buscaba en ese momento, era un refugio y la solución a mis problemas, pero no que los tuviera que solucionar yo, sino que me los solucionaran. Mi mamá nos inducía mucho a ir a la iglesia. Nos decía que en la iglesia se nos iba a arreglar la vida, que Dios nos iba a ayudar a arreglar todos los problemas. Entonces, por ahí fui buscando ayuda y refugio.

― ¿Por qué un refugio? ¿No contaba con personas cercanas en su entorno?
― La verdad es que yo, así como amistades muy fuertes, no tenía en ese tiempo, solamente era el trabajo, mi familia y mi casa, prácticamente.

 

― ¿Y encontró eso que buscaba?
― Hubo un tiempo en que sí, yo sentía que aquello me llenaba, que estaba bien, hasta que empecé a darme cuenta de cosas que no me terminaban de gustar, pero que aceptaba. Como eso de que la mujer siempre tiene que estar sometida al hombre, pues es el hombre el que toma las decisiones; si se casa, tiene que aguantar al fulano hasta que se muera, pero si se separa, no podrá tener otra relación, debe resignarse a quedarse sola; y que una, en la iglesia, no puede hablar, no puede opinar, sino que solo está para el trabajo material: ventas de comida, por ejemplo. Yo no estaba muy convencida, pero me decía que haciendo esas cosas, tal vez Dios me iba a contestar más rápido.

 

― ¿Qué la llevó a tomar la decisión de dejar de frecuentar la iglesia?
― Poco a poco, como me fui relacionando con otra gente, fui aprendiendo otras cosas y empecé a cuestionar. Lo que no me había quedado claro se fue desbaratando, y empecé a ver la iglesia más como una limitante.

― ¿Limitante? ¿De qué?
― En la iglesia nos decían con qué gente nos deberíamos de relacionar, que básicamente era la misma gente de la iglesia, porque si uno entablaba amistades fuera, era peligroso que cayera en tentaciones y que cometiera pecados.

 

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América Latina constituye desde hace décadas un observatorio de la ascensión de un modelo religioso de cristianismo derivado del protestantismo que, generalmente, agrupa bajo la denominación ‘evangélica’ a las iglesias nacidas de la Reforma y a una derivación de éstas, surgida en los Estados Unidos, más conocida bajo las denominaciones de apostólica o, pentecostal. Mientras la Iglesia Católica ha ido perdiendo adeptos, estas iglesias se van masificando. En un estudio aparecido en 2014, se calcula que un 19% de la población de América Latina es evangélica (de los cuales, dos tercios se identifican como pentecostales), frente a un 69% de católicos; mientras que en los años 70, se calculaba en 4% el primero y 92% el segundo.

Algunos estudiosos del fenómeno consideran que “las iglesias evangélicas que crecen en América Latina proporcionan a los pobres un nuevo tipo de grupo social que les permite enfrentar los infortunios causados por las violentas transformaciones sociales y la indiferencia burocrática del Estado” [7]. Sin embargo, en las últimas décadas su influencia se ha extendido hacia las clases medias e incluso ha abierto nichos en la clase alta latinoamericana y ha adquirido espacios de influencia en la política estatal y la electoral.

 

Acto cuarto: Cambio de ruta

En las afueras del mercado municipal de la Zacamil, en San Salvador, Magdalena seguía haciendo y vendiendo tortillas. Sus problemas de pareja continuaban cuando nació su hija. Seis meses después del nacimiento, decidió seguir sola con sus tres pequeños, y se separó. Cerca del mercado había una guardería, pero Magdalena nunca la consideró una opción porque sentía que no era correcto que una mujer dejara el cuidado de sus hijos en manos extrañas. Sin embargo, esta vez debió reconsiderar su idea:

― Fui a ver qué tal era, y me gustó. Entonces [cuando la pequeña] cumplió dos años la puse en la guardería.
― ¿Le resultaba mejor, económicamente?
― Fíjese que sí. Se pagaba algo, pero era sumamente simbólico: era 1.25 de dólar a la semana, entonces, eran 25 centavos diarios, y ellos tenían un refrigerio por la tarde, tenían su almuerzo y el cuido, sobre todo un desarrollo como niños, que es lo que yo más valoro, que realmente no iba a tener conmigo, en el mercado, a la par de la plancha en la que hacía las tortillas.

 

― Y no tenía más responsabilidades que llevarla cada día.
― Bueno, se tenían una citas con las maestras cada dos meses. De repente, me tocaba ir a las dos de la tarde para platicar con la maestra. Eran reuniones obligatorias y tenían que ver con la educación de los niños, nos enseñaban cómo ser padre y madre, cómo ir desmontando los castigos físicos. Al principio no era cómodo para mí que me dijeran cómo tenía que tratar a mi hija, pero con el tiempo fui entendiendo que lo único que las maestras buscaban era el cuido de la niña.

En la primera de estas reuniones, la maestra se interesó por conocer la situación de Magdalena, y su plática comenzó por un ¿Cómo está?, que la sorprendió.
― Solo el hecho de que a alguien le pudiera importar cómo estaba yo, cómo me había ido ese día, fue super extraño, pero bonito. Porque yo podía llegar a mi casa y a nadie le importaba cómo me había ido, ni mi estado emocional ni nada. Fue algo bien bonito, y fue como una ventana que se abrió para dar respiro a otras cosas.

 

Así empezó a vincularse con la fundación española CINDE responsable de las guarderías o Centros de Desarrollo Infantil próximos a los mercados municipales. Pronto empezó a participar en otros programas, como los microcréditos destinados a mujeres del sector informal (una alternativa a los usureros). Magdalena llegó a ser parte de la directiva y presidenta de una cooperativa recién fundada.

― Eso me gustó, el involucrarme en el trabajo con otras mujeres. Para mí fue importante, porque nunca nadie había creído que yo era capaz de hacer una cosa grande, en primera instancia, yo. También me invitaron a formar parte de un libro en el que se publicaron las historias de ocho mujeres de las tres guarderías, allá por 2008, 2009. Las historias de mi hermana y la mía están ese libro.

 

Intermedio: Magdalena se encuentra con Magdalena

En 2010, las mujeres que participaban en los programas de la fundación CINDE fueron invitadas a un taller que sería facilitado por la actriz de teatro salvadoreña, Egly Larreynaga.

― Al principio, yo no tenía idea de qué era la autoestima, realmente. Fui más porque me lo pidió la coordinadora, porque cuando yo vi a Egly, ella no me cayó bien, por su manera de vestirse.
― ¿Cómo se vestía?
― Venía con unos pantalones que eran como apretados de abajo y con un tiro largo, unas camisas bien escotadas, tenía tatuajes, entonces, a mí no me pareció una persona cuerda, la verdad.

― ¿Por qué le molestaba su forma de vestir o sus tatuajes?
― En ese entonces nosotras estábamos yendo a la iglesia y nos vestíamos con faldas largas, con camisas con mangas, porque era prohibido usar pantalones, maquillarse o cortarse el pelo. Entonces, ella me asustó un poco y no me caía bien.

 

Sin embargo, asistió al taller, al igual que una de sus hermanas y otras vendedoras informales de los mercados capitalinos de Soyapango, del Centro de Mejicanos y de la Zacamil. Todas ellas endurecidas por las experiencias que en su corta edad ya habían tenido que enfrentar. El taller las invitaba a deconstruirse, por eso no les resultó fácil y huyeron en desbandada cuando un ejercicio puso su fragilidad en evidencia.

― Había una silla en medio, frente a todas las demás, y cada una tenía que pasar y tomar su lugar en la silla y mirar a todas las demás a los ojos. Pero cada una de las que pasamos a la silla no pudimos ver a los ojos de las demás sin llorar. Nos pareció bien fuerte, porque todas nos la llevamos de mujeres penconas, hablando en el buen salvadoreño, que somos aventadas, que andamos en la calle, que somos fuertes. Entonces, que la otra que vende a la par mía o esa a la que me encuentro en el mercado me viera llorar no me gustaba, porque lo consideraba como una debilidad.

 

― ¿Hablaron entre ustedes de lo que había pasado?
― Nadie platicó con nadie porque todas éramos mujeres desconfiadas y ariscas. Con la única que comentamos, pero por encima, fue con mi hermana: me dijo que no le había gustado el ejercicio porque a ella no le gustaba verse débil delante de nadie. Y allí nos habíamos sentido vulnerables. Después evadimos miradas cuando nos encontramos con las demás, como diciendo: lo que pasó allá, no pasó realmente. Eso era lo que queríamos pensar. La siguiente semana, sin habernos puesto de acuerdo, ninguna asistió al taller.

En el periodo de cuatro meses, casi una tercera parte abandonó el taller, quedaron cinco mujeres; ellas continuaron contándose y compartiendo experiencias de vida. Entre esas cinco, estaba Magdalena.

 

Acto quinto: Una ventana que se abrió y dio respiro a otras cosas

Cuando Magdalena cumplía 30 años, su hijo mayor estaba a punto de comenzar el bachillerato. Y ella, que había dejado sus estudios al final de la educación básica, se decidió a retomarlos animada por su hermana mayor.

 

― Retomé el bachillerato quince años después de haber hecho el noveno grado. Mi hermana mayor había empezado a estudiar también, y me motivó. Creo que es algo que me debía y lo quería concluir. Me decidí a solo ir a trabajar por las mañanas. Me levantaba a las cuatro de la mañana y tipo dos de la tarde, ya estaba en la casa. Si no había terminado las tareas, las terminaba a esa hora, a las seis entraba al Instituto y salía a las 8:30 de la noche. Llegaba a la casa a ver las tareas de los niños y a hacer mis tareas, y así hasta que terminé. En el primer año saqué la mayor nota de la escuela nocturna.

― ¿Qué fue lo que más disfrutó en esa etapa?
― Lo que disfruté fue que hice amistades de mi misma edad, y aún cuatro o cinco años después de haber salido, nos vemos de vez en cuando, nos reunimos y platicamos. Creo que eso me sirvió un montón.

 

Acto final: La vida propia ¡a escena!

Mientras estudiaba el bachillerato, siguió frecuentando el grupo de teatro. En la primera representación con público, Magdalena no pudo actuar. Se conformó con ser parte del público. Así recuerda ese momento tan especial:

― Cuando se hizo el primer montaje, yo lo vi como público. Yo creo que eso fue para mí muy importante para engancharme y decir ‘yo quiero ser parte de esto’. El montaje se llama “Algún día” . Es el día a día de las mujeres en las calles, de las mujeres vendiendo, preocupadas, porque tal vez se habían levantado a las cinco de la mañana, y eran las nueve de la noche y no habían vendido nada; está un sketch donde a la hija la viola el tío mientras la mamá anda en el mercado. Esas historias que se cuentan en esta obra son parte de la biografía de las mujeres que ahora somos parte de La Cachada Teatro. Para mí fue bien fuerte porque es lo que uno ha vivido toda su vida, y ya no se percata que eso no debería de verse como ‘normal’. Yo me dije: ´¡Así de miserable es mi vida!´ Y no me gustó. Para mí el teatro es como un espejo que nos muestra lo bueno y lo malo; que si nos incomoda, entonces hay que hacer algo para cambiar esa incomodidad.

 

― ¿Cuál fue la reacción de su familia, cuando las vieron por primera vez, a usted y a su hermana, en escena?
― Mi mamá estaba hecha un mar de lágrimas porque sabía que lo que estábamos diciendo allí también era parte de su vida. Nos abrazó un montón, y ella nunca acostumbraba hacerlo, y desde entonces, empezó a ver de manera diferente nuestro trabajo en el teatro. Y con nuestros hijos, que hayan visto la obra fue súper importante, porque logramos que nos entendieran desde un punto de vista que no habría sido posible de otra manera.

 

En 2012, el grupo de mujeres se presentó en La Luna Casa y Arte, un café bar de San Salvador. A partir de aquella representación, Egly Larreynaga, la directora, vio en aquel grupo de mujeres una compañía de teatro profesional. Así nació La Cachada Teatro.

A través del teatro, cada una de estas mujeres, entre ellas, Magdalena Henríquez y su hermana, Ruth, han escapado a las estadísticas. Juntas están definiendo sus trayectorias de vida y marcando el ritmo en un círculo virtuoso al que intentan animar a entrar a otras mujeres que, ellas bien saben, son de su misma condición. Gracias a La Cachada Teatro, Magdalena ha podido reconciliarse consigo misma, con su familia y con su entorno. Ahora no piensa que necesita un refugio; simplemente busca respuestas y ensaya alternativas.

― Cuando yo empiezo a hacer cosas distintas, voy cambiando ese entorno. Antes yo no tenía una buena relación con mis hijos, yo no sabía cómo relacionarme con ellos más que solo a gritos y a golpes, entonces, desde que entendí que esa no es la manera, ya la relación es otra, la relación con mi mamá, con mis vecinos. O sea, yo vivo en el mismo lugar en el que vivía antes, pero los problemas ya no los vivo ni los veo de la misma manera.

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La compañía de teatro está formada por Egly Larreynaga (directora), Wendy Hernández, Magali Lemus, Evelyn Chileno, Ruth Vega y Magdalena Henríquez.

2013. Primera representación de La Cachada Teatro: Sala del Teatro Nacional de San Salvador. Obra: Algún día (una versión de 45 minutos de aquella primera obrita de 2012).
2017. Primera representación internacional de La Cachada Teatro: Salas de teatro de España. Obra: Si vos no hubieras nacido.
2018. La Cachada teatro viaja por El Salvador dando talleres de autoestima en comunidades pobres, dirigidos especialmente a las mujeres.
2019. Nuevo montaje y estreno mundial del documental Cachada. Premiado en el Festival de cine “South by Southwest (SXSW)” Austin, Texas. Dirigido por la cineasta española Marlen Viñayo.

Fotografía portada: Fotograma tomado del video "Trailer La Cachada Teatro: Mujeres Salvadoreñas pasan de la calle al Teatro al cine Español",el 6 de noviembre de 2017.

Notas: 

[1] Ignacio Martín-Baró, Alternativa, UCA, San Salvador, 1 de abril de 1976. Los sin vivienda. P. 2: “Carecer de vivienda no significa, en modo alguno, dormir en la calle (aunque, en algunos casos, así sea). Significa habitar [en] champas, en tugurios o, sencillamente, compartir con otras personas techo y paredes, en una saturación increíble del espacio habitacional”.

 [2]  BID, Santiago de Chile, enero 1991. El Salvador: caracterización demográfica y su impacto sobre servicios sociales. P. 7.
[3 ]OPS, 2018. Acelerar el progreso hacia la reducción del embarazo en la adolescencia en América Latina y el Caribe. P. 42. Anexo 1: Evolución de la tasa de fecundidad en adolescentes por subregión y país, 1980-2015
[4] Vilma Gloria Martínez López et al., Principales factores asociados a embarazos en adolescentes del área rural de dos municipios del SIBASI: Cuscatlán, de septiembre 2010 a febrero de 2011. Tesis, Universidad de El Salvador, Facultad de Medicina, 2012, p. 20.
[5] PNUD, San Salvador, 2014. El Salvador, Economía informal: ¿Democracia a medias? Insumos para un diálogo impostergable. Pp. 4 y 49.
[6] Yesid Barrera et al, San José: FLACSO, 1993. La economía de los pobres. P. 8.
[7] David Stoll, citado por Airton Luíz Jungblut, Nueva Sociedad 260, noviembre-diciembre de 2015. Ser Evangélico en América Latina. P.103.